Oración


Tú, Cristo de compasión,
nos acoges con nuestros dones y nuestras fragilidades.
Y por el Espíritu Santo liberas,
perdonas y nos conduces hasta dar
nuestra vida por amor.

H. Roger de Taizé

Espíritu Santo, tú soplas sobre lo que es frágil. Tú enciendes una llama de viva caridad y de amor que, en nuestro interior, permanece bajo la ceniza. E incluso los temores y las noches de nuestro corazón pueden llegar a ser por tí aurora de una vida nueva.

Oración de Taizé

Espíritu Santo,
por tu presencia en nosotros,
en este día Tú nos preparas
a percibir la compasión de Dios
y a comprender que
Dios puede solamente dar su amor.

H.Roger de Taizé

En la noche, en el tiempo de las confidencias, en una cena, “la que recrea y enamora”, Jesús abre su pecho, da su pecho, da su amor y lo reparte. “Allí nos dio su pecho”, dirá san Juan de la Cruz.  

Un poco de pan, un poco de vino… Lo de Jesús siempre fue pequeño. Un grano de mostaza, un poco de sal, una nube, la lluvia, una mujer que toca el manto de Jesús por detrás porque tenía vergüenza… Lo de Jesús siempre fue lo pequeño y los pequeños, los enfermos, los que sufren injusticia. Jesús tiene en las manos un pan y un poco de vida, tiene en sus manos la capacidad para entregar su vida para dar la vida al mundo.

Jesús había acariciado celebrar con los suyos una cena. ¡Cuánto lo había deseado! Antes de cargar con la cruz había soñado cenar con los suyos y decirles de nuevo el amor. Nada de lo que ocurre en esa noche de la Cena es improvisado; todo se ha preparado cuidadosamente en el corazón. La oración de vigilia de Jesús, en tantas noches de encuentro con el Abbá, ha ido preparando su corazón para partir el pan, su vida, y repartirlo.  

 

Vosotros pues, orad así: Padre Nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, danos hoy nuestro pan de cada día, perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden, no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

Mt 6, 9- 13

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Sencillamente entrañable

Hablar es cosa fácil, no así el escuchar.

Sin duda por eso nos dio el Señor dos orejas pero sólo una lengua. Oir como quien oye llover. Oía campanas sin saber de dónde, también resulta sencillo. No así lo de escuchar.

 
Ponerse a la
escucha de alguien es, en primer lugar, rechazar todo lo que puede distraer nuestros oídos, nuestra mente, nuestro espíritu.

 
Escuchar es acallar los tumultos interiores, apartar las fascinaciones de exterior, alejar las interferencias que dispersan la atención y distorsionan la palabra que el otro me dirige.

 
Escuchar es hacer un silencio lo suficientemente denso como para que yo grite desde él: ¡Ahora tú eres mi centro! ¡Mi meta! ¡Mi carrera me lleva únicamente a ti!

 
Ponerse a la
escucha de alguien es apartar la mirada de uno mismo y volverse hacia el otro, llegar al cara a cara, como diciendo: ¡Aquí estoy! ¡No existe para mí ningún otro interés! ¡Estoy listo para percibir hasta el susurro de tu palabra!

 
Escuchar equivale a acoger. A abrir de par en par todas las puertas tras de las que uno se guarda. A derribar tanta alambrada y frontera tras de las que nos parapetamos.

 
Escuchar a alguien es descuidarme a mí y preferir al otro. Es preferir al que está ahí, ante mí; y acogerlo con su saco atestado de ropa más o menos limpia, pero que es la suya. Es aceptar que entre en mí, es recibir al otro, con sus sueños y sus deseos; con sus gustos y disgustos; con sus filias y sus fobias.

 
Es prever que va a desordenar los estantes tan cuidadosamente ordenados de mi existencia; es cederle el sitio; es ofrecerle las llaves de la casa, como diciéndole: “Tu presencia me lo va a poner todo patas arriba; pero corro el riesgo: ¡te
escucho! ¡Las palabras que me digas serán para mí, espíritu y vida”.

 

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Adviento es el tiempo de la escucha porque es el tiempo en el que, lentamente, asimilamos esa Palabra que ha venido a habitar entre nosotros. Adviento es el tiempo en el que todos los que escuchan la Palabra aprenden a cambiar sus tinieblas en claridad. El tiempo en el que, poniéndose a su escucha, se arriesgan a hacer un camino hacia la luz.

 
Adviento es el tiempo en el que los hombres
escuchan al Señor por el altavoz de cada prójimo. Es cuando todo lo que endurece los corazones se derrite ante el calor del Evangelio. Es cuando saltan a la boca de uno palabras nuevas y al corazón de uno sentimientos nuevos y a la conducta de uno actitudes nuevas… Así nace el Otro en uno. Por eso, porque…

 

¡Adviento es tiempo de nacer!

Cúmplete en mí con todo mi ser,
y, aunque yo viva sólo de inconsistencias,
al hilo de acontecimientos que pasan y desaparecen,
en el corazón de un mundo de conmociones sin cuento,
un seguimiento de Jesús,
hijo del hombre y de Dios,
y de quienes antes prepararon sus caminos,
y de quienes después fueron sus discípulos,
cúmpleme en Tí,
con todo tu ser.

Marcel Légaut

Oh Tú, que sólo existes
en el fondo de mi ser,
dame desaparecer
en el fondo de mi ser,
recibe de mí el acto que soy en esperanza,
en el silencio.

Marcel Légaut

Oh Tú, que sólo me abrazas
en el fondo de mi ser,
dame unirme a tí
en el fondo de mi ser,
recibe de mí el don total y sin retorno,
en tu silencio.

Marcel Légaut

Oh Tú, que sólo actúas
en el fondo de mi ser,
dame corresponder
en el fondo de mi ser,
recibe de mí el tímido intento de mi amor,
en mi silencio.

Marcel Légaut

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