Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor.
1 Jn 4, 7- 8

En el pasaje bíblico que hemos leído, San Juan resume en pocas palabras lo esencial de la vida cristiana. Nos dice, que sólo el que ama puede decir que está en una relación auténtica con Dios. El resto no son más que palabras en el aire; como dice San Pablo, es como un címbalo que resuena pero que no transmite nada.
El amor en el Nuevo Testamento no es un sentimiento caluroso dentro nuestro, sino una manera concreta de vivir con los demás, día tras día. Retomando la bella expresión de la Carta de Cochabamba, consiste en una amistad compartida con todos.
Muchos creyentes dan testimonio de bondad y compasión en su relación con los demás, pero, ¿cómo es posible que nuestras iglesias y comunidades vivan tan a menudo en una actitud de indiferencia recíproca, incluso de competencia, cuando Jesús nos los dice con todas las letras: Es por vuestro amor que os reconocerán mís discípulos?.
No se trata de juzgar a cualquiera, ni de criticar las instituciones que están hechas de seres humanos como nosotros; de hecho, nadie a partir de sus propias fuerzas, es capaz de amar como Jesús nos los pide.
Para amar de verdad, hay un sólo camino: acoger el amor de Jesucristo, Él que se dio por nosotros hasta la muerte y que resucitado, nos comunica el amor de Dios en persona, el Espíritu Santo.
¿Tendremos miedo que la búsqueda de unidad entre creyentes, sea en detrimento de la verdad de Cristo y su Evangelio? Al contrario, San Juan nos dice que sólo amando podemos conocer la verdad de Dios, porque Dios es amor.
Sólo una vida de comunión nos abre a todas las dimensiones de la verdad; nuestra experiencia en Taizé nos lo confirma. Es yendo todos juntos a las fuentes de la fe, que descubrimos la plenitud de lo que Jesús nos ha revelado de Dios y de nuestra condición humana.
Con el fin de que podamos restaurar la belleza atrayente de la Iglesia de Cristo, dejemos atrás nuestras peleas mezquinas, que no sirven sino para justificar una identidad contra la otra, y hagamos más a menudo lo que estamos haciendo ahora, reunirnos en torno al Señor, en una oración hecha de alabanza, de silencio y de escucha de la Palabra.
Si nos volvemos buscadores apasionados de comunión, cerca y lejos, veremos que una esperanza se levanta para muchos, en un periodo donde hace mucha falta.
Nos toca a nosotros dar testimonio con nuestra vida; que la noción de un sola familia humana, no es una simple utopía, sino que es una realidad que mana de nuestra fe en Jesús, que vino a mostrarnos, que la verdadera felicidad se encuentra en una existencia para y con los demás, que se llama AMOR.
Ginebra- 31 de Diciembre de 2007










