Cuando uno vive experiencias fuertes, se da cuenta de lo complicado que hacemos la vida en el día a día. Podríamos vivir mucho más felices sin envidias, sin querer destacar, sin egoísmo…y sin embargo parece que cada día cultivamos más esto.
Este texto fue escrito por un joven después del Encuentro Europeo de Jóvenes de Taizé del pasado año en Milán. Cuando lo leí en Ágora se me removió todo por dentro, por eso quiero compartirlo aquí.
Muchísimas gracias Álex.
BOSQUES QUE CRECEN EN SILENCIO

Quien vive de Dios elige amar. Y un corazón decidido a amar puede irradiar una bondad sin límites.
Para quien busca amar en la confianza, la vida se llena de una belleza serena.
¿Pero qué es amar? ¿Será compartir los sufrimientos de los más maltratados? Sí, es esto.
¿Será tener una infinita bondad de corazón y olvidarse de sí mismo por los otros, con desinterés? Sí, ciertamente.
Y aún más: ¿qué es amar? Amar es perdonar, vivir reconciliados. Y reconciliarse es siempre una primavera del alma.
De la Carta inacabada del Hermano Roger
_____________________________
Hacen más ruido los dramas de telediario, las malas noticias que tiñen de negro ese periódico presuntamente inocente, que la oración serena por la paz y la comunión que convirtió cada noche de este fin de año los fríos pabellones de una feria comercial en una catedral tapizada de luz y esperanza.
Hace más ruido esa juventud que no sabe adónde va, que está perdida, que arrinconó los valores, que una juventud que pone patas arriba el Viejo Continente para saborear en Milán las últimas palabras de un anciano bueno y santo que consagró su vida a hablar con sus manos y su tierna mirada de amor, reconciliación y confianza.
Hacen más ruido ese Vaticano incomprensivo, ese papa conservador, esa COPE que se exalta o ese obispo que mete la pata, que esta Iglesia de mi día a día, alegre, en marcha, comprometida, que da voz a quienes otros se la niegan, que busca reencontrarse con quienes comparte su amor a Cristo, que habla sin tapujos de paz y de justicia cuando otros preferirían amordazarla en los viejos tópicos de siempre.
Hacen más ruido los vendedores de sociedades egoístas, encerradas en el laberinto de la primera persona del singular, que tantas y tantas familias de Milán y su periferia decididas a abrir su casa, su parroquia, su intimidad, su vida y sus panettoni con crema di mascarpone a quien venga, a quien Dios envíe, sea quien sea. Porque sea quien sea recibirá un abrazo de generosidad que colma y desconcierta.
Hicieron más ruido los tambores de guerra en Guinea-Bissau, los cañonazos que rasgaron el cielo de aquella tierra remota, que aquel misionero italiano que entonces celebraba sus diez años de sacerdocio en la Eucaristía de la calle, admirado por cómo los pobres socorrían a los aún más pobres. Emocionaba escucharlo. El taller se titulaba, toma paradoja, Dios es amor.
Hacen más ruido los predicadores del miedo, los voceros del pesimismo, los agitadores de naciones, nacionalidades, planes y Estatuts… que unos cuantos metros cuadrados de concordia (línea roja, parada en Amendola-Fiera) donde todas las lenguas se escuchan sin que el viento agite una sola bandera. Donde todos nos sentimos hermanos y nadie se pregunta cuánto falta para la frontera.
Hace más ruido esa publicidad agresiva que nos explica cómo colmar nuestro aburrimiento consumiendo aburrimiento… que ese autobús de Bisceglie a Abbiategrasso en el que un par de guitarras, nuestras voces maltrechas y los recuerdos del día bastaban para hacernos felices cantando a la luna, al color esperanza, y a un buen Dios mendigo y gitano.
Hace más ruido cualquier sección de Sucesos que tu llanto, que esas lágrimas de amor auténtico y desgarrado en el servicio de urgencias del hospital Fatebenefratelli cuando, querida desconocida, aguardabas noticias de quien te faltaba, mientras yo sólo sabía decirte con la mirada: «no sé cómo, pero estoy contigo».
Hace más ruido un árbol al caer que un bosque cuando crece.
Y, en medio del ruido, tu corazón y el mío que, cantando a quien más nos quiere, laten al unísono en un silencio que cambia el mundo.
Gracias por esta agua nueva de la fuente de la esperanza, con la que ahora hemos de refrescar nuestros pequeños paraísos.
Milán fue. Pero también es mañana.
Álex Segrelles Cuevas