Hay sufrimientos ajenos que nos caen encima sin más, sin que hayamos podido preveerlos.
Hay sufrimientos que tratamos de evitar a toda costa a los demás para impedir que nos duelan a nosotros mismos; los evitamos por instinto de supervivencia, porque si no lo hiciéramos, una parte de nosotros moriría.
Y hay sufrimientos que nadie supo quitarlos y que arrastramos porque tampoco supimos librarnos de ellos, porque no sabemos… esos son los peores, pues son la causa de que hagamos sufrir a los demás.

Evitar el sufrimiento ajeno nos puedo causar tanto bienestar como evitárnoslo a nosotros mismos. Aunque a veces las cosas sencillamente ocurren y en un instante pasamos del mas profundo sufrimiento al bienestar más grande. O del placer más esperado al dolor más inexplicable y nos sorprendemos de sentir dolor justo cuando nos creíamos inmunes a él. O nos negamos a sentirlo porque queremos ser felices y que el mundo entero lo sepa. O nos equivocamos haciendo daño a quien más queremos, por evitarle un dolor a quien en realidad no conocemos.

Cuando hemos probado el placer, siempre lo preferimos al sufrimiento, y siempre hacemos lo posible por volver a senrtirlo aunque no nos dejen, aunque pensemos que nadie quiere compartirlo con nosotros.
Buscamos desesperadamente el bienestar cuando el dolor se vuelve inevitable, o nos regodeamos en el dolor para poder convertirlo en placer,

Lo cierto es que siempre estamos a tiempo de escoger disfrutar antes que sufrir. Siempre estamos a tiempo de ser felices antes que sufrir,  porque la felicidad es el elixir q nos hace eternamente jóvenes.

M.I.R.