Marzo 20, 2008

En la noche, en el tiempo de las confidencias, en una cena, “la que recrea y enamora”, Jesús abre su pecho, da su pecho, da su amor y lo reparte. “Allí nos dio su pecho”, dirá san Juan de la Cruz.
Un poco de pan, un poco de vino… Lo de Jesús siempre fue pequeño. Un grano de mostaza, un poco de sal, una nube, la lluvia, una mujer que toca el manto de Jesús por detrás porque tenía vergüenza… Lo de Jesús siempre fue lo pequeño y los pequeños, los enfermos, los que sufren injusticia. Jesús tiene en las manos un pan y un poco de vida, tiene en sus manos la capacidad para entregar su vida para dar la vida al mundo.
Jesús había acariciado celebrar con los suyos una cena. ¡Cuánto lo había deseado! Antes de cargar con la cruz había soñado cenar con los suyos y decirles de nuevo el amor. Nada de lo que ocurre en esa noche de la Cena es improvisado; todo se ha preparado cuidadosamente en el corazón. La oración de vigilia de Jesús, en tantas noches de encuentro con el Abbá, ha ido preparando su corazón para partir el pan, su vida, y repartirlo.