Siempre tuve la incómoda sensación de que Él deseaba que lo mirara a los ojos…, cosa que yo no hacía. Yo le hablaba, pero desviaba mi mirada cuando sentía que Él me estaba mirando.

Yo miraba siempre a otra parte. Y sabía por qué: tenía miedo. Pensaba que en sus ojos iba a encontrar una mirada de reproche por algún pecado del que no me hubiera arrepentido. Pensaba que en sus ojos iba a descubrir una exigencia; que había algo que Él deseaba de mí.

Al fin, un día, reuní el suficiente valor y miré. No había en sus ojos reproche ni exigencia. Sus ojos se limitaban a decir: “Te quiero”. Me quedé mirando fijamente durante largo tiempo. Y allí seguía el mismo mensaje: “Te quiero”.

Y, al igual que Pedro, salí fuera y lloré.

El Amor- Anthony de Mello

El regreso del hijo prodigo

El regreso del hijo pródigo- Rembrandt

Este cuadro refleja muy bien lo que cuenta la historia. Si realmente creyéramos que Dios es infinito perdón, no nos daría tanto miedo mirarle a los ojos. Él mismo lo dijo:

“Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor.

Salmo 26,14